Corríamos en Cuenca, por primera vez. Carrera de 100 km, con tres puertos de montaña por la serranía de Cuenca. Muy difícil, de hecho es la etapa reina de la vuelta a Cuenca Máster.
Los máster 60 no están acostumbrados a estas distancias. Pero en esta carrera iban a correr, como todos, 100 km; la única diferencia es que los primeros 20 km eran neutralizados para los máster 50 y 60, pero claro, también los hacen en bicicleta.
Y si Luis no está acostumbrado a este kilometraje, ¿cómo afronta esta carrera? Pues con ilusión y con preocupación a la vez. ¿Voy a poder aguantar?
Nos apetecía ir a Cuenca. Yo solo la recordaba algo de mis años de colegio, en una excursión, pero solo me acordaba de la Ciudad Encantada, que queda en las afueras.
Nos fuimos el viernes porque la carrera era el sábado por la mañana. Hotel Torremangana, elegido porque estaba al lado de la salida.
Pues puedo decir que bien elegido. Hemos descansado genial y si bien no estaba céntrico, dando un buen paseo se llegaba.
¡Qué sorpresa Cuenca! Pero empecemos con los avatares de la carrera.
Salida a las 10 de la mañana y llegaron los primeros a las 13:40. Esperando la salida


100 km, tres puertos de montaña. Madre mía.
Se fueron y yo esta vez no tenía compañía. No había ninguna mujer de ciclista conocida. Como no había desayunado, busqué un bar y allí me senté. No, si tonta no soy, a orillas del Júcar encontré este bar y me puse las botas.



Después de esto había que hacer ejercicio y vi que caminando a las orillas del río había un largo sendero, y unas vistas espectaculares.





Me acerqué a la línea de meta sobre las 13:00 horas para ir esperando a los ciclistas. No había habido noticias de caídas ni de ciclistas retirados.
A las 13:40 llegó un pequeño grupo con el ganador de la carrera y posteriormente fueron llegando múltiples grupitos y ciclistas en solitario. Luis llegó con dos ciclistas. Se clasificó el quinto pero cerca, muy cerca de los primeros de su categoría. Había conseguido su hazaña, terminar y no lejos de los primeros.




En línea de meta. Qué alegría verle.
Me contó que en la mitad del recorrido, bajando, pasó un bache físico importante, «se quedó vacío», y que no sabía cómo se había podido recuperar. Comió algo, dátiles, algún gel y empezó a remontar y pudo continuar.
Para él ha sido un éxito y llegó contento a línea de meta. Para mí también. Sé lo preparada que está la gente y sé que era un kilometraje al que Luis no está acostumbrado y eso se paga.
Nos quedábamos en Cuenca hasta el domingo, así que nos fuimos al hotel, comimos allí. A Luis le apetecía arroz, para variar. Y pedimos algo típico de Cuenca.


Descansamos un poco. Vimos unos folletos donde anunciaban visitas guiadas y llamamos. Reservamos una visita para las 20:30. Veríamos el anochecer de la ciudad.
Antes de la visita guiada nos fuimos a dar una vuelta por el casco antiguo, por la zona donde después empezaría la visita guiada. Y nos hicimos unas fotos.





Y llegó la hora de la visita guiada. El guía se llamaba Hugo, mediana edad. Muy dicharachero. Un grupo numeroso y nos preguntaba a todos de dónde veníamos. Haciendo grupo, para que la gente se sintiera a gusto.
Empezamos en la plaza Mayor, donde se encuentra la catedral. La primera catedral gótica de la península. Pero que ha tenido múltiples desgracias, destrucciones, tres fachadas se han tenido que hacer. La última aún no terminada del siglo XX.
Y el guía empezó con las anécdotas. Nos contó la primera. Un torreón lateral y posterior de la catedral que había sido reconstruido, pero mal, claro, se derrumbó pillando dentro a unos niños. Tres niños estaban en la torre con una joven y notaron que la torre se movía. La joven dijo, vámonos corriendo para abajo y así lo hicieron. Uno de ellos olvidó su capa arriba y volvió a subir, porque sino su padre le mataba, mientras los demás seguían bajando. La torre se derrumbó cuando estaban casi saliendo y los sepultó. ¿Sabeis quién se salvó?, nos preguntó el guía. Se salvó el niño que había subido. Una campana que cayó desde arriba le tapó en su hueco y le encontraron con vida. Se hizo famoso. Y de ahí viene la famosa frase de «salvado por la campana».
Sigamos con la visita. Nos habló de José Luis Perales y de dónde vivía en Cuenca y después nos fuimos hacia la zona de las casas colgadas. Siglo XIV. Los rascacielos de Cuenca.
La ciudad de Cuenca emergió en una Serranía alta, muy alta, donde por el paso del tiempo y el aumento de la población por su prosperidad, se convirtió en esos años de la Edad Media en una ciudad muy importante. Pasó que empezaron a faltar viviendas y ésa es la razón de las casas colgadas, se hicieron sobre los acantilados por la falta de espacio. Espectaculares. Desde el año 1966 se aloja en ellas el Museo de Arte Abstracto Contemporáneo.


El puente metálico de la foto sustituye al original de piedra, que se deterioró por la desidia de los gobernantes. Al fondo el Parador de turismo.




Seguimos subiendo por las calles empinadas y va viniendo la noche.

Nos lleva el guía a lo más alto y nos habla de un edificio que en su día estuvo habitado por la Inquisición. Luego se utilizaría como cárcel y en la actualidad es un Archivo Histórico.

La Inquisición castigaba a los herejes tirándolos por los precipicios. Entonces ya sabemos cuándo se inició la actividad del «puenting» y en qué lugar, en Cuenca.
Cuántas cosas estábamos aprendiendo. Que los musulmunes y los cristianos siempre estaban a la gresca. Con una catapulta se tiraban la misma piedra. Por eso dicen en Cuenca que allí inventaron el tenis.
Alguna foto más de la noche de Cuenca.



Ayuntamiento en la plaza Mayor.

Nos sorprendió y nos encantó Cuenca.
Es espectacular su casco antiguo y aún más el enclave en la Serranía de esta ciudad. Inmensa naturaleza que rodea a la ciudad.
Probamos algunos de sus platos, ajo arriero y de sus licores, Resoli.
Nos volvimos con la sensación de haber conocido otro rincón maravilloso de España.
Luis corrió como si tuviera 40 años. Y es que el tiempo parece que no pasa. En su cabeza y en la mía parece que nos hubiéramos anclado en los 40, pero el tiempo sigue pasando y sumando años, aunque la mente no lo sienta. Aunque él, físicamente, también parecería con esta carrera no haber pasado de los 40.
Bravo por esos ciclistas Máster 60.
Y yo me aplicaré la preciosa canción de Mª Dolores Pradera que hemos escuchado al venir. «El tiempo que te quede libre dedícamelo a mí». Ahí estaré. Sin pasar de los 40. No pasa el tiempo.
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